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Hay siempre en la historia de las disputas por el sentido, que tiene como trasfondo a la disputa material, una tendencia al maniqueísmo. Estimo que fundamentalmente es porque desde las instancias de poder se tiende a generar relatos sencillos y fáciles de entender para las grandes mayorías que luego serán las que faciliten los procesos. ¿Pero es en el 24 de marzo de 1976 donde comienza el horror institucional? ¿en qué momento desde el Estado se pone a disposición la tortura y matanza de “opositores” para favorecer a las clases dominantes? Creo que por marcar fechas podemos tomar ese momento de la historia del país como el de la totalización del proceso, que venía desde muchos años atrás en un deterioro institucional que podría identificarse en dos puntos de inflexiones en la regresión en nuestra soberanía: el golpe a Hipólito Yrigoyen de 1930 y el de Juan Domingo Perón en 1955. Esos esquemas de construcción de poder nacional, con redistribución de la riqueza, desde proyectos de participación masiva de las clases menos favorecidas de la población y con miradas nacionales se rompieron desde la intromisión militar siempre con el apoyo de los mismos sectores internacionales y locales. Con el contrasentido de que quienes fueron formados para defender a la patria terminando vendiéndola, endeudándola y solo sirviendo a las clases más poseedoras. Utilizando para tal fin la prisión, la tortura y el destierro de los mejores cuadros de nuestra querida Argentina.
Todas las dictaduras fueron sangrientas y asesinas, todas aplicaron tortura y encarcelamientos masivos, pero fue la última la que llevó ese horror a límites nunca imaginados. Fue la última que cerró un ciclo de gobiernos abiertamente autoritarios que tuvieron como resultado el endeudamiento brutal con los organismos de crédito internacional, el robo de activos del país, el cierre de empresas nacionales, la muerte y tortura masiva de la población, sumado a la derrota en una guerra donde se demostró la cobardía de las Fuerzas Armadas cuando los enemigos no eran trabajadores engrillados o jóvenes mujeres encarceladas. Desde esta editorial apelamos a la memoria como lugar de militancia permanente por el nunca más, a las acciones en los ámbitos de nuestro diario acontecer para lograr verdad y justicia porque restaurar tanto odio y muerte no es tarea de tiempos cortos. En esa dirección va esta pequeña editorial, que trata de lograr sumar un grano de arena en el desierto de las reivindicaciones por los que lucharon y sufrieron la muerte y/o las vejaciones. Quisiera culminar estas palabras con “El vuelo”, un relato breve del escritor tandilense Alejandro Ippolito, que nos ayuda a dimensionar el horror y nos insta a seguir militando por un mundo justo, siempre, hasta el día de la victoria. *** “El dolor se vuelve permanente y es la única certeza que me queda. Me arrastran una vez más y ya no hay tiempo, tengo que pedírtelo ahora porque sé que se quiebran mis horas en este reloj siniestro, de espaldas sobre el metal inmundo que me sostiene y me eleva. No te duermas sin escucharme por favor, me arden los huesos, mi voz se apagó hace mucho tiempo, apenas si recuerdo mi nombre por un eco de voces lejanas que me besa la frente. Sé que sonríes en algún rincón del mundo, la luz ocupa tus días y tienes un sueño enredado en los párpados. Me aturden los motores de las hélices lastimando el cielo, soy un pájaro simple entregado al último vuelo y necesito que me escuches porque no quedan más palabras arañando mi garganta. Me han vendado los ojos pero no han podido robarme la mirada, son torpes, salvajes, sólo tienen la fuerza y esa furia imbécil que los mueve. No tengo tiempo para odiarlos, sólo quiero que me escuches, en este último momento, antes que rompan mis alas y me arrojen a las fauces del océano. Sólo reclamo tu memoria, desde hoy y para siempre, nunca me olvides.” |
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